jueves, 7 de enero de 2016

La omnipotencia de ser artesana

Lo primero que descubrí al convertirme en artesana, además de la magia de hacer cosas, es el enorme poder que poseemos los artesanos. Es una pequeña omnipotencia, que no todos valoran. El poder delicado de decidir cada cosa. Poder ralentizar un proceso, poder extenderlo y apurarlo sin  que haya otro que acelere el tic tac. El  pequeño e invalorable poder de resolver todo, sin que haya quien lo indique más que tú mismo o tus compañeros -iguales- de taller.
Aprender a soportar la inestabilidad cuesta - hasta allí no llega la omnipotencia - porque no hay un sueldo a fin de mes, ni hay tampoco un empleado que ayude, pero hay una creíble libertad, y está unida a una gran paz del espíritu, incomparable con otros poderes. Es dulce no tener que ordenar nada a nadie más que a uno mismo,y poder decidir qué programa escuchar y de qué color pintar, qué hacer, qué inventar, con qué nuevo material experimentar y cómo seguir.
Y si además, vemos un puñado de margaritones, una segunda tanda de zapallitos que crecen y los racimos de tomates cherry que rojean, no nos queda otra que pensar que  la naturaleza nos acompaña, nos dice que sí, que sigamos por este camino. Semejante paralelismo de pura armonía y fecundidad no puede ser en balde. Quién sabe qué me está pasando y su complejidad, pero  celebro y festejo mi condición.
Corresponde que aclare que la artesanía no es mi único amor. No deseo menospreciar otras profesiones, pero la verdad es que las que he elegido son difíciles de igualar. Permitan que no les diga cuáles son mis otras tareas hoy... Eso quedará para mañana, siempre que les interese saberlo, claro está.







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